Mc 11, 12-14, 20-26
Jesús que iba de camino siente hambre y se acerca a comer de aquella Higuera que se ve frondosa de sus frutos. No encuentra nada más que esplendor, belleza y hojas… frutos no hay. Para ese tiempo no era de higos, ¿y qué sucede? Jesús le dice: “Nunca jamás nadie coma de sus frutos”.
¿Por qué Jesús se enoja y maldice a aquella Higuera si no eran tiempos de frutos?
La Higuera en la tradición bíblica simboliza al Pueblo de Dios (Israel), Os 9, 10; Jesús al llegar a Jerusalén, encuentra una sociedad que, teniendo la palabra de Dios, no produce frutos, porque no cree que el “tiempo” del reino ya está en medio de ellos; pero además de ello, la fidelidad al plan de Dios, exige dar fruto aún a destiempo.
¿Y cómo lo podríamos entender?
No debemos esperar que el reino venga para empezar a trabajar para Dios, no podemos esperar señales de la venida de Cristo o la cercanía de la finalidad de nuestro paso por el mundo para dar frutos acerca del amor de Dios, de nuestros dones y carismas. Debemos creer, crecer, trabajar y darlo todo para él, por amor a él y con el amor de él.
Tenemos mucho que dar, (no te limites a pensar en lo económico) desde lo material hasta una simple palabra o detalle, puede cambiar el mundo de alguna persona y esta persona cambiará el mundo de alguna otra. Podemos ya abandonar nuestros caprichos y deseos de enriquecimiento material, intelectual, de poder social; y luchar por ese tesoro que nos espera en el cielo, o por la mirada de nuestro padre. ¿Te imaginas escuchar de su boca: bienvenido hijo? ¿Cuánto más quieres esperar? ¿A no tener más oportunidad?
Jesús la seca como señal de la nueva alianza.
Una sociedad así, está condenada a la esterilidad. Pero Jesús que es rico en misericordia nos da 3 claves para que las comunidades cristianas no caigan en la esterilidad ni en la sequedad: la fe sin reservas, la oración confiada y el perdón que favorece la comunión fraterna.
Las claves son simples y accesibles para todos, podemos abrir nuestro corazón y cambiar nuestra vida ahora mismo, no esperemos a secarnos como aquella Higuera estéril, escuchemos la voz de nuestro Señor y pongámonos a ensuciarnos las manos, a perder el miedo por el “qué dirán” por perder los amigos que al final a nada bueno nos conducen. Toma acciones de tu vida y entrégasela al dueño para que empiecen a trabajar juntos. ¡Lo tienes todo!
Reflexiones tomadas de “La Biblia de Nuestro Pueblo” Luis Alonso Schökel, Biblia del Peregrino. América Latina. XI edición, 2009
Nataly Acosta M.